Natalia Trenchi

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Al rescate del pudor

“Enseñar pudor es enseñar que hay cosas que no se comparten públicamente”

Publicado por MujerMujer

 

 

Pasé unos días buscando la palabra que representara lo que realmente quería decir, y después resistiéndome a usarla para que no me hiciera parecer una vieja conservadora y retrógrada, que no soy ninguna de las tres. La necesidad me surgió en un viaje en taxi. Usualmente, aprovecho ese tiempo para mirar para afuera y ver a la gente y a la ciudad, viviendo y cambiando. Eso hacía mientras de fondo sonaba un programa de radio que, a juzgar por la expresión de la cara del chofer (hombre cuarentón con pinta de buen tipo), lo deleitaba. Tengo la habilidad de suprimir lo que no me interesa y eso suelo hacer con frecuencia cuando estoy en lugares donde hay algo sonando. Pero ese día, no sé si fue la cara del buen hombre o alguna palabra lo que despertó mi curiosidad y empecé a escuchar.

Eran dos hombres hablando desordenadamente y uno de ellos forzaba claramente la voz representando a algún personaje. El tema central si existía, lo ignoro, el asunto es que en esos pocos minutos que escuché, el personaje raro hacía “chistes” del tipo: “Juan y Pegame se fueron a bañar, Juan se ahogó, ¿quién quedó?”. Pero con un nivel de procacidad que no había escuchado jamás. Les repito: no soy una santa, crecí entre varones pillos y me casé con uno que hace muy buenos chistes, no siempre de salón. La puritanez no es lo mío así que lo que me disgustó no fueron ni las palabras ni las alusiones sexuales. Lo que me dolió intensamente fue la cachetada que me dio esa parte de la cultura popular de los adultos de mi pueblo.

¿Qué les pasa a los que escuchan eso y les genera una risita descerebrada? ¿Sospecharán que eso puede tener alguna relación con otras cosas que después pasan en la sociedad? ¿No serán los mismos que después se escandalizan con lo que hacen o dicen los “jóvenes”, no? Me parecería de una torpeza mental muy intensa que así fuera.

Y vuelvo al título, porque también me sacude cuando veo que chiquilinas “de buenas familias” (me refiero a que han sido queridas y educadas no a que tengan plata), se sacan fotos de sus partes íntimas o haciendo actividades privadas y las mandan al ciberespacio en una especie de inmolación que parece divertirlas. O cuando practican sexo a la vista de quien anda en la vuelta.

¿Son simplemente nuevos códigos de las nuevas generaciones? ¿Me estoy escandalizando como lo hacían mis padres con mi minifalda en los ’70? En realidad, creo que puede haber algo de eso pero también estoy convencida, como profesional, que les haríamos muy bien a las nuevas generaciones si recuperáramos cierto sentido de la vieja privacidad y del pudor. Y no estoy clamando por una actitud victoriana, ni por taparse el cuerpo con culpa, ni mantener la actitud de hipocresía y ocultamiento que sufrimos demasiado tiempo.
No. Veo al pudor como una salvaguarda de uno mismo, de la dignidad personal. Lo veo como otra manera de quererse y respetarse a uno mismo. Y quisiera intensamente que nuestros chiquilines tuvieran eso. Claro, que para eso tenemos que enseñárselos.

Enseñar pudor es enseñar que hay cosas que no se comparten públicamente, no porque sean pecado ni estén mal sino ¡porque son privadas!

Si los educamos bajo el concepto de que su cuerpo es de ellos y de nadie más, sería más fácil que se defendieran de cualquier intento de abuso. Si aprenden que nuestro cuerpo es demasiado valioso como para no elegir muy bien con quien compartirlo, no van a caer tan fácilmente ni en el sexting ni en el exhibicionismo. Si les enseñamos que las intimidades se comparten solamente con amigos de verdad (no los de Facebook) podrán aprender a no exponerse y vulnerabilizarse socialmente.

Ya sé. No es fácil enseñarles eso cuando estamos bombardeados por estos programas de radio, televisión o algunas revistas con la exhibición impúdica de la intimidad de algunos. Lo que ellos enseñan es que lo “normal” es pagar cualquier precio con tal de estar formando parte del show. En lugar de preocuparse por quedar demasiado expuestos, sienten miedo por no existir para los demás, por pasar inadvertidos. No es fácil antagonizar eso pero tampoco imposible. Es más, podemos usar ese patético strip-tease emocional público para sensibilizarlos frente al hecho de lo triste que es que alguien necesite exponerse en su intimidad simplemente para ser mirado. O caer en cualquier chabacanería para ganarse la risa boba de los que no ven más allá de sus narices.

Pongan toda su energía en lograr que sus hijos piensen de manera crítica, usen la cabeza para reflexionar y elegir, sean sensibles a sus emociones y a las de los otros. Una vez más, el gran antídoto está en casa.

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Unicef Natalia Trenchi