Natalia Trenchi

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Autoridad: si no te la ganás, la perdés

“Si basamos nuestra “autoridad” en el poder que tenemos sobre ellos, estamos tomando por una calle cerrada”

Publicado por MujerMujer

 

 

Mi padre contaba que cuando él y sus hermanos iban más allá de lo que su padre consideraba adecuado, una sola mirada suya bastaba para detener lo que fuera. ¡Una sola mirada! ¿Se imaginan? Ríos caudalosos de envidiosa admiración debe provocar a muchas y muchos que saben de su ominosa lucha para lograr que sus hijos hagan caso.

Claro que no todo lo que brilla es oro. Una buena pregunta sería saber: ¿qué había detrás de aquella mágica mirada? Porque si lo que provocaba era miedo, esa aparente obediencia automática que conseguía no la quiero. No es nada difícil lograr que los niños hagan caso por miedo al castigo, pero el precio que se paga es dolorosamente alto. Nada justifica que se use el miedo para controlar el comportamiento de los niños, jamás.

Prefiero pensar que aquella mirada era mágica porque estaba embebida de un ingrediente noble y valioso: autoridad.

Me gusta pensar en la familia como en un grupo unido por fuertes lazos invisibles que conforman una micro-sociedad democrática. Este grupo vivo y cambiante tiene roles, derechos y obligaciones. Los adultos son quienes ocupan el lugar de jerarquía democrática, lo que significa que toman decisiones y que son los responsables del bienestar de los más pequeños.

Muchos llegan a ocupar ese rol sin ser ni medianamente conscientes de todo lo que implica. Algunos pueden equivocadamente creer que es suficiente con encargarse de que sus hijos tengan las necesidades físicas cubiertas. Y cuando la vida les demuestra que ese no es el camino, se preguntan amargamente: “¿Qué pasó? Si siempre tuvo TODO!” Y es que no entendieron que el “todo” es mucho más que casa, comida, colegio y diversión.

Parte importante de esas construcciones invisibles que tienen lugar en la vida familiar y que son nutrientes indispensables de la fortaleza emocional de los niños, es que los adultos sepan ganarse el lugar de autoridad. Porque esa cualidad intangible no se hereda ni se compra, sólo se gana a través del vínculo que logremos establecer con los hijos y nuestra propia conducta cotidiana. No se consigue ni con gritos atemorizantes, ni con amenazas y ni siquiera con discursos convincentes y teóricamente irreprochables. Sólo nuestra actitud, honesta y real, es la que nos va a dotar del valor y del prestigio que necesitamos que nuestros hijos vean en nosotros.

Si, equivocadamente, basamos nuestra “autoridad” en el poder que tenemos sobre ellos, estamos tomando por una calle cerrada. ¿Durante cuánto tiempo podrán seguir apagándole la computadora, sacándole el celular o mandándolo en penitencia? No mucho. Indefectiblemente, llega el momento en que ya no seremos los aparentes vencedores de esas batallas y les habremos enseñado muy poco autocontrol, respeto y consideración a nuestros hijos. Mala cosa.

Para hacer las cosas bien hay que cuidar varios aspectos:

– La firmeza: un “sí” es sí y un “no” es no, cuando estamos alegres y cuando estamos cansados, cuando hay visitas y cuando estamos solos, cuando nos piden una vez o cuando lo piden treinta veces.

– La coherencia entre lo que pensamos, decimos y hacemos se percibe y se valora aún cuando el hijo no esté de acuerdo o no le convenga. Un hijo que sabe que su madre o padre no le permite determinada cosa que otros padres permiten, porque no está de acuerdo con sus principios, puede rezongar y protestar pero, en el fondo, aprende a ser fiel a sus convicciones y resistir la presión social.

– El respeto del adulto a los sentimientos y derechos de los niños, aunque deba corregirlos y aunque pueda enojarse. Resulta increíblemente nutritivo para la fortaleza emocional en construcción del niño decirle lo que no queremos que haga, lo que no nos gusta de su comportamiento de buena manera, claro y firme y con fundamentos, logrando administrar el enojo o la frustración sin caer nunca en la peligrosa trampa de la violencia de cualquier tipo e intensidad.

– El respeto del adulto por sí mismo y por el rol que desempeña también le enseña al niño un modelo de cómo ser persona adulta y cómo ser “capitán del barco”. Si nos ven defender nuestros derechos con convicción y calma, si ven que no tratamos mal a nadie pero tampoco dejamos que lo hagan con nosotros, si ven que sabemos administrar nuestro enojo y nuestros impulsos por voluntad propia irán impregnándose naturalmente de un estilo asertivo de andar por la vida.

Trabajar para ganarnos un buen lugar de autoridad sana implica también remontar la crisis del concepto de adulto respetable, del adulto con autoridad. Los niños hoy escuchan demasiadas quejas y demasiadas historias de la gente que hace las cosas mal. Tendríamos que esforzarnos por mostrarles también los buenos ejemplos: el mundo está lleno de personas de bien aunque no salgan en la tele ni les den premios. La autoridad no tiene nada que ver con la fama.

Tenemos la obligación de enseñarles a respetar también a otras figuras de autoridad: a otros adultos, a los padres y madres de sus amigos, a los maestros y a los políticos! Este es un buen momento para enseñarles con el ejemplo vivo y cierto que, aún en los desacuerdos, el respeto por el otro y por sus derechos persiste.

Los ciudadanos se hacen en casa. Si no empezamos antes a hacerlos, el comienzo puede ser hoy. Todos nos vamos a favorecer de esa construcción.

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Unicef Natalia Trenchi