Natalia Trenchi

ordenando obediencia

La obediencia “inteligente”

“Criar hijos ciegamente obedientes a la autoridad es peligrosísimo.”

La obediencia es una característica que está algo sobrevalorada en la educación de los niños. A veces en el imaginario de los padres está esa idea de que una familia normal se trata de aquella donde un padre dice ” a comer” y vienen todos a comer, una madre dice ” a acostarse” y se van todos sin chistar; una familia donde los niños bajan la cabeza y hacen todo lo que los adultos quieren, porque éstos son los padres, son la autoridad y se debe obedecer.

Por otra parte, la desobediencia es uno de los temas que más irrita a padres y madres y que provoca continuos castigos en la crianza de los hijos. Es un tema muy delicado y, a la vez, bien cotidiano, el “tire y afloje” es cosa de todos los días.

En realidad se debe tener mucho cuidado, porque criar hijos ciegamente obedientes a la autoridad es peligrosísimo. Hoy la autoridad puede estar representada por los padres, la maestra, el abuelo. Pero mañana puede ser cualquiera: el líder del grupo de pares, un líder de un grupo de música, etc.  Y si uno tiene la cabeza de obedecer a la autoridad porque es la autoridad y punto, puede llegar a cometer muchos errores; es muy peligroso.

Lo que uno como padre o madre debería lograr es educar en la obediencia “inteligente”, es decir, una obediencia con pienso. En primer lugar el niño debería aprender a ser obediente a sí mismo. Para lo cual, lo que padre y madre tienen que buscar es ponerle adentro no sólo las reglas sino el porqué de las reglas, los criterios morales y humanos que subyacen a las reglas. No se trata de construir el postulado: “no le pego a mi compañero porque sino la maestra me hecha de la clase”, se trata de que el niño comprenda: “no le pego a mi compañero, porque no tengo que dañar a nadie, a ningún ser vivo, ni tampoco ningún objeto debe ser dañado”.

Si esta personita en desarrollo, entiende el fundamento de lo que hace o no hace, de lo que debe hacer y lo que no debe hacer, podrá actuar el resto de la vida sin necesidad de tener un “policía” atrás para que lo cuide o le diga qué hacer. Respetará las luces rojas aunque no esté el inspector, no tirará papeles en el piso simplemente porque sabe que no es bueno ni para la convivencia con sus pares, ni para el medio ambiente… las reglas están interiorizadas. Esta persona será más autónoma y más libre. Cuando una persona sigue y cumple sus criterios interiores se siente satisfecho, cuando no los cumple se empieza a sentir mal consigo mismo.

Entonces, ojo cuando un niño es puramente obediente a la autoridad. Si no entendió porqué tiene que ajustarse a determinada regla que se le impone, quizás no sirve de nada el aplicarla. Se debería buscar otro camino, donde el niño pueda comprender y asimilar.

Hay un experimento social que se hizo en la década de los 60, que sigue siendo paradigmático. Es difícil de replicar porque desde el punto de vista ético tiene algunos aspectos delicados, pero aportó información bien interesante en su momento. Se reclutaron más de 1000 voluntarios a quienes se les decía que participaban en una prueba de memoria, cosa que era mentira. Ponían un alumno (que era un actor) y frente a él un botón. Y los voluntarios debían decirle secuencias de palabras. Si el “alumno” las decía bien, pasaba a la siguiente secuencia; si las decía mal debían apretar el botón, de esta forma recibía 15 voltios. La segunda vez que se equivocara iba a recibir 30 y así hasta llegar a los 450 voltios. El grupo de investigación tenía la expectativa de que los voluntarios no llegarían nunca a los 450 voltios, y por el contrario discutirían la autoridad que les decía “apriete el botón” cuando el “alumno” se equivocara. Pero no fue así. El 65% de los participantes llegó a los 450 voltios por obediencia a la autoridad. Se trata del experimento de Milgram.

Entonces, hay un aspecto de la rebeldía o de la desobediencia que es bueno, que implica ser fiel a los criterios internos de la persona. Cada uno debe dar primero cuentas a sí mismo y a su conciencia. No es sano hacer lo que me dice otro solamente porque es la autoridad.

Deberíamos preocuparnos más con un niño que es obediente el 100% de las veces que por el niño que dos por tres piensa distinto y actúa distinto a lo que se le indica.

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Unicef Natalia Trenchi