Natalia Trenchi

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Las trampas de diciembre

“Más allá de las creencias religiosas, vale la pena rescatar el valor que como tradición cultural tienen estas celebraciones: el de la familia”

Publicado por MujerMujer

Diciembre es un mes peligroso. Nos agarra ya cansados pero no nos tiene lástima y nos sigue planteando desafíos y verdaderas trampas en las que caemos una y otra vez.

A medida que se va acercando, nos empiezan a invadir emociones muy ambivalentes. Por un lado: “¡qué suerte que viene el calor! “y por otro: “ ¡qué horrible, cómo voló este año!”.

Y en ese estado emocional inestable empezamos a encarar las tareas que se nos imponen. Por ejemplo, las fiestitas. Las hay de niños y de grandes. El mandato social es de celebración. Y allá vamos madres, padres, abuelos y padrinos a sacar cientos de fotos a nuestro pichón disfrazado o cantando o sentado con cara de aburrido mientras habla la directora. Todos se saludan y se felicitan, olvidándose por un rato de todo lo que pelearon por los deberes durante el año, de cómo se enojaron con la maestra cuando no eligió a la nena para leer en la clase abierta, de cómo detestamos al despertador cada día cuando nos señalaba que todo volvía a empezar y había que correr a preparar la vianda o no llegaban…

Por fin se acaban las corridas pero la alegría dura sólo hasta que nos damos cuenta que toda la rutina que nos sostuvo en el año se esfumó y que estamos a la deriva. “¿Qué hago ahora con los nenes?” Tiemblen abuelos y regodéense colonias de vacaciones.

Mientras tanto, madres y padres tienen que seguir trabajando, mechando una festichola por aquí y otra por allá con cada grupo de amigos, de trabajo, de club y de lo que sea, sin dejar de levantarse al otro día para seguir la vida como si nada.

Pero no se acaban ahí los desafíos de diciembre: también hay que ir decidiendo con quién se pasarán las fiestas, quién hará el asado o llevará el postre, muchas veces eligiendo lo que no queremos por adhesión a la tradición, la presión o el compromiso…

Y comprar, comprar, comprar en tiendas atestadas, cruzando calles donde los conductores parecen ir todos desquiciados a apagar algún incendio.

Y yo digo: ¿Y si nos rebelamos? ¿Y si no dejamos que este diciembre nos vapulee? ¿Qué tal si le damos esa gran lección de vida a los más pequeños?

Por ejemplo, podemos enseñarles a cambiar lo que se viene haciendo año tras año por inercia y que no nos gusta. ¿Por qué sentirse obligado a compartir las fiestas con quienes en realidad no tenemos ganas? ¿Por qué hacer un esfuerzo sobrehumano para preparar una fiesta de la que salimos agotados y a veces hasta frustrados? ¿Por qué seguir cayendo en la compra compulsiva de objetos y alimentos? ¿Por qué mejor no hacer una propuesta diferente, divertida y con sentido familiar?

Siempre digo que más allá de las creencias religiosas de cada uno, vale la pena rescatar el valor que como tradición cultural tienen estas celebraciones: la valoración de la familia, la satisfacción del camino recorrido, la esperanza de un nuevo año. Si no perdemos de vista el verdadero objetivo, estaremos más cerca de hacer de este fin de año, una muy buena experiencia de vida para los chiquilines. Siempre les estamos enseñando a vivir y hoy podemos darles un nuevo ejemplo de que sabemos pensar por nosotros mismos, sabemos elegir lo que queremos y sabemos resistir a la presión social y marketinera. No les estoy proponiendo que se vistan de carmelitas descalzos y no festejen nada, no. Les estoy proponiendo que se animen a elegir. Que les muestren a sus hijos que uno puede hacer que las cosas pasen, en lugar de dejar que se lo lleve la corriente.

Las posibilidades son infinitas: desde irse a acampar y esperar la Navidad o el Año nuevo mirando las estrellas, o haciendo una rica y sencilla cena para los que sabemos que están solos y deseosos de estar con alguien, o acercarse a alguien de quien nos alejamos alguna vez y ya no tiene sentido la distancia….o lo que cada uno elija en la mayor libertad interior. Simplemente ejercitar el espíritu libre, honesto y creativo.

Que nos vean elegir, decidir y organizarnos para que nada sea un peso demasiado pesado para nadie también es un aprendizaje de vida. Como lo es el enseñarlos a divertirse y celebrar sin excesos ni furia consumista. ¡Si uno puede comer rico, brindar y divertirse sin indigestiones ni borracheras! ¡Si podemos regalarnos sin empeñar hasta la chanchita!

También es una buena oportunidad para sacar a los niños del lugar de los que sólo reciben (y esperan y reclaman) Estimúlenlos a dar: pueden ocupar estos días previos, sin clases para hacer alguna artesanía o galletitas o un dibujo para sus abuelos, tíos o amigos cercanos significativos. Que agradezcan y celebren a los seres humanos que habitan su mundo.

El apuro social nos arma los arbolitos en los shoppings en octubre. No dejemos que eso nos quite magia. Nuestra tarea como familia es recobrar el sentido de estas celebraciones, lograr levantar la mira y hacer lo que sea necesario para encontrarnos y conectarnos unos con otros.

 

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Unicef Natalia Trenchi