Natalia Trenchi

limites

Límites con más conciencia

” ¿Porqué lo hizo?¿Qué quiero que aprenda? ¿Cuál es la mejor manera?”

Publicado por “MujerMujer”

 

 

Los límites saludables no son lo que mucha gente cree. A veces suele confundirse la puesta de límites con una crianza autoritaria y rígida, donde la orden del adulto tiene que recibir la obediencia automática del niño. Error. Ponerle límites sanos a los chiquilines es enseñarlos a vivir de verdad en sociedad y para eso lo que tenemos que lograr es que aprendan a pensar, a regular sus impulsos, a administrar sus emociones y a saber actuar según los principios que les enseñamos. Nada de esto se logra si impregnamos nuestras casas o nuestras aulas con punición, rezongos, mala onda e hipercrítica.

Somos muy afortunados de vivir en esta época en la cual las neurociencias nos van dando claras pistas sobre el mejor de los caminos para construir hijos que sean seres humanos fuertes, felices, plenos y buenos.

Empezar a saber cómo se desarrolla ese órgano mágico llamado cerebro nos permite afirmar que es posible disciplinar de manera saludable, respetuosa y nutritiva emocionalmente para alcanzar el objetivo de que aprendan a pensar por sí mismos, tomar decisiones y ser empáticos y éticos.

La receta para lograrlo, necesita más y mejor vínculo entre adultos y niños y menos confrontación y estrés. Traducido a términos cotidianos: menos rezongos y penitencias, menos explosiones adultas y más dedicación, conexión y conciencia de lo que se está haciendo.

Como manera de simplificarlo y de hacerlo parecer más fácil (¡que ya sé que no lo es!), piensen en una secuencia de dos pasos:

a) Primero conecten: ya sea jugando, compartiendo una actividad o disciplinándolos tiene que quedar claro que lo principal es que tienen todo nuestro respeto, nuestra consideración y que estamos de su lado, aunque no nos guste lo que está haciendo. Conectar, respetar, entender no es permisividad sino todo lo contrario: conectar, respetar, entender, sirve para redirigirlos por el mejor camino y demostrarles que confiamos en ellos y en su capacidad de hacer las cosas bien.
b) Recién después re-dirijan: cuando estamos poniendo límites o disciplinando estamos enseñando, no vengándonos ni haciendo sufrir al otro. ¿El objetivo es que aprenda a hacer bien lo que hizo mal? Entonces no reaccionen en “piloto automático” con lo primero que les salga animados por la impaciencia, la irritación o el cansancio. No. Respondan intencionalmente, pensando, decidiendo y sabiendo hacia dónde quieren ir.

Ayuda mucho plantearse estas tres preguntas para decidir qué hacer: ¿Porqué lo hizo? ¿Qué quiero que aprenda? ¿Cuál es la mejor manera?

La respuesta que nos demos a la primera pregunta es muy importante. Les aseguro que la enorme mayoría de las macanas que hacen los niños es simplemente porque son inmaduros, porque no se han podido controlar, porque aún no saben anticipar consecuencias. No es que estén tratando de hacernos la vida difícil ni enloquecernos tempranamente. Los niños son así: inmaduros y activos, ¡qué combinación! Cuando nos damos cuenta de esto y lo aceptamos realmente es que podemos salir del enojo que nos daría pensar que nos lo hacen a propósito. Y poner límites enojados, es lo peor: hay que estar tranquilo y convencido, no enojado.

Que entendamos que nos gritó porque lo inundó la frustración y no la pudo contener, no quiere decir que lo dejemos pasar. ¡No! Pero tomémoslo como una oportunidad para enseñarle a controlarse y pedir bien las cosas.

Si se nos enciende el “piloto automático” seguramente habrá algún grito con cara fea y una mandada a la penitencia, por lo menos. Si ese es el caso, el chiquito se va enojado, asustado, resentido y sólo pensando en cuándo va a poder salir de la penitencia.

Si, por el contrario, logran mantener la conciencia de lo que está pasando realmente en ese momento y la importancia de lo que vayan a hacer, podrán, por ejemplo: agacharse y mirarlo a su altura con tranquilidad, seriedad y firmeza, mientras le dicen: “te resulta difícil esperar a que termine, verdad? y por eso gritás. No es fácil esperar pero hay que aprender. Y también a pedir bien las cosas. ¿Cómo podés pedirme bien lo que querés?” Y lo practican. En ese instante, es increíble todos los mensajes emocionalmente fortalecedores que está recibiendo a la vez: comprueba que su madre no le deja cometer errores pero le enseña cómo superarlos, que aunque esté enojada puede seguir demostrándoles su amor y respeto y que confía absolutamente en él. ¡De esta manera estamos tanto más cerca de tener un hijo fuerte y feliz!

Aprender a centrarse en lo que necesitan en ese momento realmente es lo que nos permite responder y no solo reaccionar en piloto automático. Por eso, si criamos niños necesitamos estar atentos, no distraídos. Es nuestra tarea más importante por lejos, la que tendrá más repercusión y le dará sentido a todo.

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Unicef Natalia Trenchi