Natalia Trenchi

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No sean inspectores de defectos

“Como pueblo tenemos la tendencia de quejarnos más de lo que celebramos”

Publicado por MujerMujer

 

 

Sé que si sos uruguayo o uruguaya este pedido no te va a resultar fácil. Como pueblo tenemos la tendencia de quejarnos más de lo que celebramos, de ver lo que falta más de lo que ya hay. Si no fijate lo que contestamos cuando alguien nos alaba algo: lo más probable es que contemos su defecto. “Qué bien te queda ese tapado!” “Mmmmsiii, pero es un poco pesado…”.

Estoy exagerando y reduciendo, ya sé, pero era solo para poner luz sobre esta pésima costumbre de pasarnos marcando lo que no está como queremos.

En todos los vínculos humanos esa costumbre es un veneno. Intoxica parejas, relaciones entre amigos, vínculos laborales. Ni les digo en la crianza de niños.

A veces, el hipercriticismo se presenta como una sostenida ráfaga de metralleta verbal que va a acompañando todo lo que se hace: “No hagas ruido con el chicle, sentate derecho, arreglate el cuello, estás despeinado, tenés que correr más rápido…..”. O en su versión más siniestra: “No está mal…pero podría estar mejor”.

Miles de críticas y señalamientos negativos a lo largo del día, de la semana, de la vida terminan haciendo pensar a quien las recibe que no hace nada bien. O que lo que hace bien nunca alcanza a satisfacer las expectativas. Esta percepción los lleva a veces a un esfuerzo titánico por ajustarse a lo que esperan de él y se transforman en niños hipercorrectos, tan temerosos del error que inhiben una cantidad de gestos, ganas y deseos para no correr el riesgo. Otros caen en un estado de desesperanza que los hace dejar de intentarlo. Es como si pensaran: “Si nunca voy a lograr satisfacer a mi madre/padre, ¿para qué hacer el esfuerzo?”.

Una consecuencia muy dramática de la crianza hipercrítica es que el niño puede terminar adoptando la misma vara para juzgarse a sí mismo. De este modo, aunque ya no tenga a su madre o a su padre criticándolo, será él mismo quien se auto-criticará severamente, subestimará sus logros, deslucirá sus avances y agrandará sus errores y fracasos. Justo lo contrario de lo que hay que hacer para avanzar por la vida en estado de bienestar.

Lo más paradójico es que quien ejerce como inspector/a de defectos, no lo hace para hacer sufrir ni generar daño, lo hace pensando que esa es la manera de que el otro avance y sea mejor. ¡Qué error! No funcionamos así. El mejor de los combustibles para superarse a uno mismo y para aprender y avanzar, es experimentar que somos capaces de hacer las cosas bien. Que la madre, el padre y los docentes sean capaces de detectar y señalar lo positivo es la mejor de las recompensas. Un buen “¡Bravo!”, un sincero “¡lo lograste!”, son capaces de darle a quien lo recibe la mejor de las energías para seguir haciendo lo que está bien. Esa es la manera en la que los niños fortalecen la confianza en sí mismos, en sus recursos, en su esfuerzo. Así es que se construye un auto concepto valioso y se puede proyectar a sí mismo hacia el futuro positivamente.

Y un secreto final: cuando uno se vuelve inspector de defectos inexorablemente se va quedando solo. ¿A quién le gusta estar con alguien que sólo ve aquello que no hacemos bien? Une huye de estos inspectores. Es tan intenso el malestar que pueden provocar que llega un momento en que ya no es necesario que digan nada: su sola presencia actúa de recordador de cuan inadecuados somos o cuan equivocados son nuestros actos. Lo que, además, genera el mejor de los escenarios para que efectivamente todo nos salga mal. ¡Todo es pérdida!

No andar inspeccionando defectos no significa que no enseñemos a corregir los errores. Es hacerlo pero sin penalizarlos y sin permitir que sean ellos los protagonistas. El acento debe estar puesto en el esfuerzo y en la aproximación al objetivo. No teman celebrar lo que se hace con ganas y voluntad aunque el resultado sea imperfecto. Lo que necesitamos no son robots infalibles sino seres humanos creativos que sepan pensar y actuar por sí mismos y que encuentren el bienestar dentro de sí.

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Unicef Natalia Trenchi