Natalia Trenchi

Alimentación-en-los-niños

Olvídense del “plato limpio”

“Una manera saludable de alimentar preserva y promueve el bienestar emocional.”

Publicado por MujerMujer

 

Hace tiempo que sabemos que la comida es para los humanos mucho más que un conglomerado de proteínas, lípidos y carbohidratos. Es probablemente, gracias a esa complejidad, que tenemos tantos problemas relacionados con el comer que no tienen ninguno de nuestros hermanos “más inferiores” del reino animal.

De pique nomás, una madre se topa con la realidad de la lactancia, mucho menos romántica de lo que el marketing muestra. Así como es de importante alimentar a un hijo con pecho directo y leche materna, lo es el hecho de que esa actividad sea un verdadero encuentro empático entre madre e hijo. Qué placer cuando uno siente que le está dando justo lo que necesita, cuando lo necesita, y que el bebé lo disfruta. Qué estrés doloroso cuando no sale la leche, el bebé no se prende o no parece desear ese encuentro.

Y de ahí en adelante, la alimentación pasa a ser “un tema” en la vida familiar. Si comió el purecito, si acepta los vegetales, si come todo lo que queremos que coma…

Así como es importante la alimentación desde el lado adulto, imagínense lo que es para el bebé. Pongámonos un segundo en su lugar y tratemos de imaginar cómo el hambre debe vivirse como un muy desagradable malestar indefinido. Qué gloria que aparezca la teta o la mema o la cucharita para calmarlo y devolverle el bienestar. Qué paz les da comprobar que existe la madre (o quien ocupe su lugar) para entender sus señales y calmarlo.

Ahora pasemos rápido la línea del tiempo y observemos una mesa familiar con un niño ya crecidito. La voz de la madre ya no es suave y arrulladora sino firme y a veces hasta amenazante: “Vas a comer todo, quiero ver el plato limpio! Y no te vas a levantar de la mesa hasta que termines”. Otra escena puede ser esta: niño sentado frente a sus dibujitos preferidos en una pantalla, abriendo la boca y tragando automáticamente lo que le ponen en ella en un estado semi-hipnótico. Y podríamos seguir imaginando escenarios reales, muy alejados de lo que la alimentación saludable debería ser. Porque más allá de la espinaca y los cereales, lo que importa es no agredir el bienestar psicoemocional con la comida.

Este estado de bienestar es lo que permite un desarrollo pleno en lo psicológico, en lo cognitivo y en lo físico. Toda la evidencia que viene de la investigación en neurociencias y desarrollo demuestra que todas las experiencias de vida van dejando huellas, “memorias biológicas” que van pasando a formar parte de lo que guía nuestra vida sin que nos demos cuenta. Cuando esas experiencias vienen cargadas de estrés, el organismo responde intensamente a él, tan intensamente que puede terminar afectando al sistema inmunitario, al cardiovascular y al desarrollo del cerebro, entre otros.

Si el estrés viene de la situación de alimentación, no sólo tendremos esas consecuencias globales sino que la “comida” pasará a quedar contaminada emocionalmente de tal manera que impida un relacionamiento sano con ella.

Aprender a usar la comida como un arma, como un calmante, como un castigo, como un premio, como un sustituto de lo que sea que nos falte, es muy peligroso.
Y cuando, aún guiados por las mejores intenciones y los mejores consejos de la abuela, obligamos a los niños a comer lo que no quieren, no pueden o no necesitan, los estamos sometiendo a una experiencia estresante importante y les estamos complicando su futuro relacionamiento con la alimentación.

Una manera saludable de alimentar preserva y promueve el bienestar emocional.

En junio conocí a Shlomit Samish, en el Congreso de la Waimh en Edinburgo. Ella trabaja en The Hebrew University of Jerusalem y presentó lo que ella llama “un modelo de alimentación emocional”, que se basa en cuatro principios:

a) Alimenten a su hijo comprendiéndolo, escuchándolo y sintonizando con sus necesidades de modo de fortalecer la comunicación

b) Alimenten a su hijo confiando en su habilidad de regular lo que come y cómo lo come

c) Respeten, estimulen y apoyen su deseo de comer por sus propios medios, apreciando que ello tiene que ver con el desarrollo de su independencia, destrezas de alimentación y auto confianza

d) Obligarlos a comer debe estar absolutamente prohibido

A quienes venimos de una cultura del “plato limpio” a cualquier precio, esto último nos puede costar bastante. Muchos adultos nos apoyamos en el concepto de que “la comida no se tira”, lo que es realmente una excelente consigna en este mundo tan cruelmente desigual. Pero, Cormillot dixit, el estómago es el peor lugar para tirarla. Y el estómago de un hijo chico, aún peor.

Está bien que la comida no se tire: puede reciclarse, congelarse para otro día o regalarse. Pero obligar a un niño a comer contra su voluntad no sólo es una violencia, sino que le hace daño. Así de sencillo. Debemos respetar su autorregulación y no violentarla si queremos que en el futuro sepa cuánto comer y cuánto tomar, y no aprenda peligrosamente a violentar sus propios frenos naturales.

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Unicef Natalia Trenchi