Natalia Trenchi

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¡Pre-escolares a la escuelita!

“El tránsito del hogar al mundo escolar tiene que ser una experiencia exitosa y emocionalmente fortalecedora”

Publicado por MujerMujer

 

 

Tener menos de 4-5 años debe ser de las experiencias más excitantes de la vida. En esos años todo es novedad, descubrimiento y sorpresa. Por eso tocan todo, exploran y preguntan, porque están investigando la vida y al mundo. Menuda tarea.

De pronto, en medio de esta fecunda y libre actividad exploratoria, a los adultos se nos ocurre que hay que introducirlos en el sistema escolar, tratar de ordenarlos y enseñarles lo que los adultos consideramos que tienen que saber. Nos guste o no, esto es lo que pasa cada vez más tempranamente. Es una medida social que pretende estimular su desarrollo, fomentar su capacidad de socializar pero también solucionarles un problema a los padres que deben ir a trabajar.

Interrumpir el flujo espontáneo y natural de aprendizaje que vienen teniendo por la enseñanza sistematizada de la institución escolar puede ser desde muy bueno a muy malo.

Una de las ventajas más fortalecedoras es descubrir que más allá del miedo o la inseguridad inicial, pueden pasarla bien fuera de la mirada cercana de la familia.  En la escuelita ganan autonomía, se divierten, se encuentran con pares y experimentan lo que es ser uno más en un grupo. También aprenden a relacionarse con otros adultos bajo otros códigos y con otras reglas.

El tránsito del hogar al mundo escolar tiene que ser una experiencia exitosa y emocionalmente fortalecedora. Las mamás y los papás deben saber que hay muchos aspectos a considerar para que así sea. Por supuesto que importa que los docentes sean buenos y experimentados, responsables y creativos y que hayan suficientes. Es importante que en esa escuelita se sepa que el desarrollo de los niños no se mueve en una línea recta, que la normalidad no es un número y que todos tienen derecho a ser ellos mismos. También importa mucho que la escuelita sea físicamente segura, aireada y soleada, con espacio suficiente tanto sea para jugar como para descansar.

No se preocupen tanto porque se apuren a enseñarles contenidos académicos. La investigación demuestra que, si los prescolares reciben tempranamente orientación académica muy estructurada, aprenden lo que se les enseña y hasta parecen demostrar una ventaja inicial en competencias básicas (conocimiento de las letras, habilidades de lectura) en comparación con aquellos que no recibieron esa instrucción. Sin embargo, esa ventaja no se mantiene con el tiempo y además terminan teniendo menos creatividad, más estrés, más ansiedad frente a las pruebas, menos orgullo por sus éxitos, menos seguridad en sí mismos y menos entusiasmo por aprender.

Según los mismos investigadores, los buenos programas preescolares son los que incluyen una mezcla sana de juego y actividades de formación de habilidades básicas, con una agenda centrada en el niño y promoviendo un aprendizaje basado en el descubrimiento.

El entorno ideal para un preescolar es un entorno rico que les permita desarrollar todos sus sentidos y habilidades: donde puedan pintar, trepar, experimentar sonidos con diferentes instrumentos, aprender a esperar turnos, a ponerse el mantelito para la merienda, a respetar la fila cuando la maestra lo pide… No son necesarias para ello ni grandes instalaciones ni decenas de materias.

Pero tan importante como todo eso es que mamá y papá sepan acompañar adecuadamente el proceso. Empezar la escuela no es fácil para nadie: tanto los niños como sus padres pueden estar excitados, asustados, curiosos y hasta un poco angustiados. Que madres y padres estén convencidos de lo que hacen y razonablemente seguros de su elección es bien importante para poderles trasmitir a los niños señales honestas de confianza en lo que viene. Cuando esto sucede, el niño puede extrañar, pero sabiendo que está en un lugar seguro en el que sus padres confían, lo que facilita mucho el proceso.

Para lograrlo sirve mucho que padres y docentes se den el tiempo necesario para conocerse antes de empezar las clases, ponerse de acuerdo y sentar las bases de un funcionamiento en equipo. El período de adaptación de las primeras semanas no sólo sirve para que el niño se vaya acostumbrando a su nueva realidad y baje su ansiedad, sino también para que los padres conozcan de primera mano el entorno y la dinámica en la cual están dejando a su pequeño.

No se asusten ni malinterpreten si en las primeras semanas de escuela el niño o la niña manifiesta alguna alteración en su comportamiento (pesadillas, estar más apegados a ustedes, más caprichosos o volver a pedir mamadera o pañales por ejemplo). Todo eso puede ser una consecuencia esperable del estrés que les significa este cambio revolucionario de sus vidas. No es señal de que nada esté mal: es simplemente una descarga. Necesitan tiempo y apoyo para que esa turbulencia afloje. Son como “dolores de crecimiento”: molestos pero que señalan un avance.

Las mamás y los papás pueden ayudar si…

  • Hacen su mejor esfuerzo para controlar su propia angustia y su propio estrés, de modo de apoyar el avance y la resolución.
  • Si comparten todas sus dudas y se apoyan uno a otro.
  • Si respetan y confían en sus docentes.
  • Si le enseñan a su hijo a enfrentar las dificultades con coraje y buenas estrategias de enfrentamiento.
  • Si le estimulan y valoran cada pequeño avance.
  • Si valoran honestamente lo que el niño incorpora en la escuelita.
  • Si entienden que la socialización implica también que tengan conflictos y que eso sirve para que aprendan a resolverlos adecuadamente.

 

Los docentes pueden ayudar si… 

  • Estudian mucho y están enamorados de su noble profesión.
  • Si saben de desarrollo infantil normal y conocen los signos de alarma de la etapa.
  • Si entienden y respetan a las mamás y los papás.
  • Si están dispuestos a brindar apoyo a los padres que necesitan acostumbrarse a que su hijo está creciendo.
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Unicef Natalia Trenchi