Natalia Trenchi

Mother Comforting Son

Salud emocional en la crianza de los hijos

“Madre y padre deben ser sensibles a las necesidades de los niños y responder a ellas adecuadamente. “

¿Qué requisitos debe cumplir un estilo de crianza saludable?
Si bien la mayoría de los padres dicen que lo que más desean para sus hijos es la felicidad, este concepto, en su imaginación, viene de la mano de que sean “exitosos”. Entonces el acento se pone en darles lo que consideran la mejor educación formal que pueden ofrecerles, les exigen que la aprovechen y les suman actividades extras, a veces porque los chicos quieren y otras como para agregar peso a su curriculum académico.

Esta carrera por el éxito se basa en premisas no del todo ciertas y que pueden terminar consiguiendo exactamente lo contrario a lo que buscan.

Ningún aprendizaje académico sirve si la persona no ha desarrollado paralelamente su salud y fortaleza emocional. De nada le van a servir los tres idiomas o las medallas deportivas si no ha ganado verdadera confianza en sí mismo, si no ha desarrollado su capacidad de esforzarse, de tolerar el fracaso e interpretarlo como señal para buscar soluciones, si no es capaz de tener esperanza en sus propios proyectos. Esto explica porqué hay tantas personas exitosas que no pasaron por instituciones educativas famosas, y cómo hay tantas que sí pasaron y no pudieron aprovechar lo que les fue ofrecido en la vida.
Porque lo que importa es el fortalecimiento de las habilidades para la vida y eso, más que la institución o las materias, lo da la experiencia de uno mismo como aprendiente y como pichón de persona.

Por eso es que si queremos que les vaya bien en la vida el acento debe ponerse en una crianza saludable, que cuide a la persona única y global que es cada niño y lo ayude a florecer siendo la mejor versión posible de sí mismo. Esto empieza en casa y empieza muy temprano. De hecho, debería empezar desde mucho antes de que un niño nazca, ya que el tipo de crianza que quieren para sus hijos debería ser un gran tema en las parejas jóvenes (y no sólo acordar a la escuela que van a ir o el deporte que les van a estimular). En la crianza de los hijos, como en otras cosas de la vida, el amor es imprescindible pero sólo con él no alcanza. Además hay qué saber qué hacer.

De la investigación en desarrollo humano vienen surgiendo algunas recomendaciones claras de qué requisitos debe cumplir un estilo de crianza saludable:

Madre y padre deben ser sensible a las necesidades de los niños y responder a ellas adecuadamente.

Eso quiere decir que los buenos padres aprenden a reconocer lo que su hijo necesita y se lo dan. Cuando el bebé es muy chiquito lo que necesita para crecer sano es que le satisfagan todas su necesidades, tanto físicas como emocionales. Esto quiere decir que si tiene hambre hay que alimentarlo, si tiene frío hay que abrigarlo y si quiere mimos hay que dárselos. Porque en el principio lo que más importa es que aprenda a confiar que sus padres lo entienden y lo cuidan y puede confiar en los demás.

A medida que van creciendo tienen que ir aprendiendo otras cosas igualmente importantes: aprender a esperar, a dilatar la gratificación de los deseos, a frustrarse. Por eso cuando van creciendo ya no los alimentamos en cuanto tienen hambre sino cuando es la hora de comer y no les dejamos jugar con el florero de cristal aunque tengan muchas ganas. Porque tienen que ir aprendiendo de a poco que la vida y la convivencia tienen reglas y nuestro deber es prepararlos para el mundo de verdad en el cual deberán vivir. Pero ese es otro tema, del que hablaremos después.

Es necesario saber dejarlos hacer su propia experiencia llegado el momento

Seguramente que todos queremos hijos con iniciativa, empuje, autonomía, seguros de sí mismos y de sus recursos. Si es así, tenemos que ser capaces de permitirles ir desarrollando todas esas capacidades desde chiquitos y a lo largo de toda la crianza. Eso implica no solo estar atentos a su avance y posibilidades sino también el respeto por sus ritmos y su “estilo”. Si le interesa estrujar el puré de banana con sus manos y comerlo desde ahí, tenemos que ser capaces de permitirles la experiencia en primer lugar. Aguántense la molestia que puede darles el enchastre del niño y alrededores. Va a ir creciendo y de a poco lo vamos a ir conduciendo en el uso más civilizado de la cuchara. Mientras tanto, proteger el piso de alrededor, tener pronto el bañito y ropa limpia para cuando termine. La misma actitud a lo largo de muchos años, porque no hay otra manera de desarrollar estrategias y aprender a vencer obstáculos que encontrarlos y enfrentarlos. Eso es lo que despierta la habilidad y la capacidad de valerse por uno mismo. Nadie aprende a caminar sin tropezones y caídas.

Su madre y su padre deben ser capaces de confortarlos y darles estrategias cuando las emociones los desbordan

Así como los arropamos cuando se destapan de noche, lo mismo tenemos que hacer cuando lo que hace sufrir son las emociones.

No hay que tenerle miedo a ninguna emoción: todas son normales y legítimas. Unas nos gustan más, otras mucho menos pero todas surgen por algo dentro de nosotros. Ternura, enojo, miedo, alegría, celos, orgullo y muchas otras emociones son las que nos dan textura, vibración y riqueza como personas. Dijo San Agustín: “el pecado no es sentir, sino consentir”, y creo que tiene mucha razón en apuntar a que lo crucial es lo que uno hace con sus emociones. El problema no es tener rabia, sino pegar, insultar o romper cosas por tenerla. El problema no es el miedo, sino dejar de vivir algunas experiencias para evitarlo.

Forma parte bien importante de nuestra tarea como madres/padres “alfabetizarlos” en sentimientos. Lo primero es ponerle nombre a las diferentes emociones y demostrarles nuestro respeto sin juicio: “estás muy enojado y te entiendo. Querías esa pelota y no la tuviste.” Lo siguiente es confortarlo con la palabra, con un abrazo o simplemente nuestra presencia cálida mientras llora en su cama. Y luego, al final pero para nada menos importante, poder ofrecerle otra perspectiva, otra mirada que le permita aceptar la situación, buscar soluciones inteligentes y posibles.

No caigan en la tentación de evitarles los dolores normales y fortalecedores, ni de rezongarlos o juzgarlos por tener sentimientos: “un niño de tu edad no puede tener miedo” “Qué feo que estés celoso de tu hermana”. Respeto, siempre respeto, acercamiento y conexión en primer lugar. Y luego podemos redireccionar hablando, para permitir otra mirada, pero sin culpabilizar.

Sean buenos modelos para enseñarles a conectarse con los demás y a disfrutarlo

Desde que nacen, o quizás aún desde antes, somos su referencia social. De nosotros aprenden cómo se vinculan las personas, cómo se tratan, cuánto nos importamos unos a otros. Lo aprenden de cómo nosotros los tratamos a ellos y de cómo ven que tratamos a los demás. El gozo, el cariño y la alegría de los encuentros sólo los impregna si es de verdad.

La felicidad de las personas viene de los vínculos emocionalmente significativos que establezca en su vida. Si les enseñamos a hacerlo lees estamos abriendo el camino a la felicidad.

Madre y padre deben ser capaces de enseñarles las reglas de la convivencia social, por un camino que pase su comprensión, por el deseo de ser buenos y la confianza en sí mismos

Cuando un niño nace no sabe nada, nada de la vida ni del mundo al que acaba de llegar. Somos nosotros quienes le vamos presentando la realidad, marcando el camino, enseñando a vivir. Allí comienza un largo proceso de enseñanza y de aprendizaje, del que depende, en buena parte, lo que va a resultar de la vida de ese niño.

Cuando son bien chiquitos lo que los domina es la búsqueda del placer y de la satisfacción del malestar. Si tienen hambre necesitan comer, ya! Es con la maduración, la experiencia y la orientación – recibida de las personas significativas en su vida – que poco a poco irá aprendiendo que hay otras cosas a considerar además de la satisfacción personal. Si se le enseña bien, irá aprendiendo a esperar, a considerar también a los otros, a tomar en cuenta las consecuencias de sus actos, a hacer lo que considere que es lo correcto. Si se lo enseña mal, seguirá intentando satisfacer sus impulsos inmediatamente sin pensar si está bien o mal y sin tomar en cuenta a los demás, ni a sus derechos ni a sus emociones. En el primer caso, estaremos criando a un niño emocionalmente fuerte, para enfrentar exitosamente los desafíos de la vida. En el segundo, criaremos, aún sin proponérnoslo, a alguien débil, con baja tolerancia a las frustraciones, sin buenas habilidades para la vida.

Es en la familia que se aprende a ser persona. Los momentos más importantes de formación son los de convivencia cotidiana. Aprenden mucho más cuando reaccionamos a lo que ellos hacen que cuando les damos un discurso. Por eso es necesario utilizar las experiencias comunes de las familias comunes para fortalecerlos y hacer de ellos personas fuertes emocionalmente y productivas para el mundo.

Madres y padres tenemos el deber de protegerlos de los efectos de nuestras propias emociones negativas, utilizando nuestra capacidad de autorregulación

Los años en que uno cría a sus hijos chicos son tiempos de mucha exigencia. No sólo está el trabajo y la responsabilidad de su cuidado y educación, sino que también son tiempos de consolidación profesional y de necesidades económicas mientras se sostiene la pareja, la vida social y el desarrollo personal. Demasiado todo junto. Por eso no es raro que aparezca estrés con todas sus manifestaciones: malhumor, poca paciencia, irritabilidad…en fin, todas interferencias para poder disfrutar a pleno de la vida familiar. Desarrollar madurez y habilidades inteligentes de enfrentar el estrés es el mejor regalo que podemos hacer a nuestros hijos.

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Unicef Natalia Trenchi