Natalia Trenchi

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Ser madre y no ser feliz

“Hay muchas buenas mujeres a quienes la maternidad no les ha dado felicidad.”

Publicado por MujerMujer

 

 

Las mujeres estamos acostumbradas a que se nos imponga el modelo de madre y de madre feliz y eficiente. Vaya uno a saber a cuantas de nosotras ese modelo nos ha impulsado a tener hijos sin pensarlo demasiado, simplemente cumpliendo con un mandato histórico de la vida. Aun así muchas hemos encontrado en la maternidad un ejercicio gozoso si bien no exento de trabajo y frustraciones.

Pero hay otras. Ocupan un lugar oscuro del imaginario popular, porque Juan y Juana Pueblo se preguntan con el ceño fruncido: “¿Qué tipo de mujer no es feliz con la maternidad?“.

Les tengo algunas noticias Sr Juan y Juana Pueblo. Hay muchas buenas mujeres a quienes la maternidad no les ha dado felicidad. Y les cuento solamente algunas de las situaciones.

Imaginen a X, una mujer casada que ya tenía un hijo sano y en la escuela. Quiso tener otro y le salió “retardado”, con ese término fue como su abuela entendió cuando le dijeron que era discapacitado intelectual. No solo avanzaba muy lento en su desarrollo sino que además era inquieto y agresivo. Rompía todo lo que agarraba y pegaba mucho. El padre no bancó la situación y voló hacia un nuevo nido, con más felicidad y menos problemas. La madre se quedó haciendo frente a la situación porque quiso y porque, además, no tenía otra opción. La crianza del hijo mayor se complicó porque como se las sabía arreglar solo, la madre se descansó mucho en él y le dio más responsabilidades de las que debía. De grande se lo reprochó y ella aceptó el reproche. Su mayor energía fue gastada en trabajar para mantenerlos y pagar todo lo que el más chico, discapacitado, necesitaba.

Nunca le alcanzaba ni la plata ni la fuerza. Y encima, tenía que bancarse los comentarios y consejos de los que veían el problema de afuera.

¿Les cuento otra? Z siempre había soñado transformarse en madre. Su biología sin embargo se lo negaba. Le costaba mucho embarazarse y, cuando lo lograba, los perdía a las pocas semanas. Así pasó años de ilusiones y desilusiones, cada vez más dolorosas y desesperanzadas. Ella y su marido gastaron fortunas en tratamientos que la engordaban, la ponían de mal humor y no le sirvieron de nada. Le daba una rabia horrible cada vez que se enteraba de los embarazos de las otras “felices” mujeres que lo lograban. Y se sentía culpable por su rabia. Se decidieron a adoptar. Esa fue otra prueba complicada: tuvieron que demostrarle al Estado que podían ser buenos padres y después sentarse a esperar.

Finalmente llegó el hijo. Fue tanto el amor que tenían para darle que lo abrumaron a mimos y objetos desde el primer día. Para ellos pasó a ser alguien tan especial, tan superior a todos los demás que lo complacían en todo, aún en lo injusto e innecesario. Y eso siguió cuando el niño fue creciendo. Y lo mantuvieron cuando empezó a tener problemas en la escuela, con sus compañeros, en el club. El bebé más adorado del mundo se transformó sin que pudieran anticiparlo, en un adolescente indolente, tiránico en casa y manipulable afuera que transformó la vida de esa familia en un infierno. Ella tampoco obtuvo felicidad de su maternidad y muchos, además, la culpan por ello.

S encontró al esposo “perfecto”: quería muchos hijos y tenía la plata necesaria para criarlos. Tanta que cuando S quiso ejercer su amada profesión la hicieron sentir egoísta y desnaturalizada. ¡Si podía dedicarse a criar a sus hijos! ¡Si tenía ese privilegio! Así pasa sus años más jóvenes: preparando viandas y transportando niños a la escuela, al ballet y al baby futbol. Sin descuidar su casa que siempre huele a torta recién hecha, ni a su esposo que le gusta que siga linda y esbelta. Lo logra, pero no es feliz. No es que no quiera a sus hijos, es que no se siente plena. La asfixia saber que cada día debe poner a lavar ropa, cocinar y organizar actividades de otros. Y encima, se siente culpable por no encontrar la felicidad en esa vida “tan fácil y perfecta”.

Y luego la situación de T que tenía una matrimonio fantástico donde cada cual tenía su área de realización propia y a la vez la pasaban genial juntos. Viajes, proyectos, diversión. Y el reloj biológico los apuró y encargaron un hijo. Nació y es normal pero no la hace feliz haber tenido que dejar gimnasia y pilates, las saludas semanales con sus amigas y el sexo donde fuera cuando tenían ganas. La abruman las vacunas, los llantos nocturnos y el olor a vómito. Cela a su marido que ya no se lo ve encantado de volver a casa y que sigue estando flaco, bien vestido y con perfume.

En todas ellas es que pienso en este “mes de la mujer” que anticipa el día de la santa madre el mes que viene.

Y les quiero decir que no tienen que sentirse culpables por no ser felices. ¡Si tienen razón! La vida y su propaganda las engañó y ustedes descubren que no todo lo que brilla es oro. Lo que sí quiero decirles es que no abandonen la búsqueda de la felicidad. No entiendan por felicidad una suma infinita de momentos perfectos sino un estado de bienestar que viene de adentro. No quiero sumarme al coro de presiones sociales que ya tienen en sus hombros, pero sí quiero decirles que me consta que es posible vivir mejor en cualquier circunstancia. No es necesaria una vida perfecta para estar bien con uno mismo. Hay cosas que pueden cambiarse: ¡Háganlo sin miedo!

Hay otras que no se pueden cambiar: aprendan a tomárselo de otra manera. Siempre es posible. Las mujeres somos fuertes y sabemos que la vida es cambio. Y tenemos que saber apoyar y apoyarnos: busquen amigas/os, compañeras/os, socias/os . Cuídense, valórense, regálense momentos de paz y placer, hagan de su burbuja personal un lugar en el que les guste estar.

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Unicef Natalia Trenchi