Natalia Trenchi

HUMOR_TRISTE_NIÑOS

Sin miedo a la tristeza

“La tristeza en nuestros hijos resulta particularmente perturbadora”

Publicado por Mujer Mujer

 

Uno no debería tener que hacer una psicoterapia para conocer de las emociones. En el mundo perfecto creceríamos aprendiendo a reconocer, aceptar y administrar toda la amplia gama de emociones que somos capaces de albergar las personas. Los adultos irían enseñando a los más chicos: les enseñarían lo que es el enojo, el orgullo, el miedo, la alegría y lo harían naturalmente, con el ejemplo y la palabra fluyendo sana y libremente en un vínculo de confianza y empatía.

 

Pero estamos acá, en el planeta Tierra en el siglo XXI y seguimos teniendo problemas con esto de la alfabetización emocional. Somos herederos de una cultura que no siempre ha respetado las emociones. “Los varones no lloran”, “No seas histérica”, “Cambiá esa cara”, “Así nadie te va a querer”,  son sólo algunas de las frases que nos mandaban un claro mensaje: lo socialmente correcto es estar bien, sin estridencias y si uno no está bien, es necesario fingirlo.

 

¡Andá a remontar ese mandato luego de esos aprendizajes grabados a fuego en nuestro interior! Nos sigue costando mucho a las últimas generaciones aceptar que estar triste no es de débiles, que el enojo puede y debe ser expresado adecuadamente o que es saludable demostrar el cariño aún en los varones.

 

Con la tristeza especialmente tenemos problemas para manejarla en nosotros mismos y en nuestros hijos. Tan confundidos estamos que muchas veces decimos: “estoy deprimida porque ….”, confundiendo lo que es tristeza normal y sana frente a un evento que lo justifica con la depresión, que es un trastorno. Estar triste es normal, estar deprimido no. La depresión tiene muchos síntomas de los cuales la tristeza es sólo uno de ellos y cursa de manera diferente. No son lo mismo. A la tristeza la tenemos que habilitar, a la depresión hay que tratarla.

 

Pero además, cuando uno tiene hijos suele aparecer el deseo fantástico e irracional de que siempre esté feliz. Por eso cuando nos expresan otro tipo de emociones, igualmente sanas, legítimas y sinceras, nos surge la necesidad de corregirlas, eliminarlas o transformarlas.  Ahí aparece la política de se le murió la mascota…¡corramos a comprar otra!

 

Es que la tristeza en nuestros hijos resulta particularmente perturbadora. Nos olvidamos que la tristeza es una emoción normal y que hay que estar preparado para saberla reconocer, aceptar y superar. Entender la tristeza es lo que permite que no nos atrape ni nos embosque por la espalda. Por eso, si queremos hijos emocionalmente fuertes, tenemos que permitirles sufrir, sí, aunque nos duela.

 

Ese deseo irracional de no ver sufrir a nuestros hijos nos hace responder de maneras muy inadvertidamente equivocadas. Una de ellas puede ser intentar demostrarle que no tiene porqué estar triste por lo que pasó, porque eso en realidad no es tan importante. Y ahí aparecen estas exclamaciones: “no llores, vas a tener muchos otros perros en tu vida”, “¿cómo vas a decir que estás triste?… ¡con todo lo que tenés!” o “¿triste por esa pavada?… ¡por favor!… esperá a ser grande y vas a saber lo que son problemas”. Y entonces, pretendiendo aliviarlo, le profundizamos el dolor: porque no lo entendemos, porque pueden sentirse inadecuados por sentir lo que sienten, porque aprenden a reprimirse.

 

Tampoco ayuda cuando buscamos devolverle la alegría distrayéndolo, tratando de expulsar la tristeza mecánicamente. Entonces si pasó algo doloroso, intentamos rápidamente comprarle aquello que quería y no lograba, o lo llevamos al más ruidoso de los paseos para pretender acallar lo que no queremos que escuche.

 

El mundo de las emociones tiene el inconveniente de que es bastante invisible: las heridas emocionales no se ven a simple vista y eso ayuda a que nos equivoquemos. Porque cuando vienen con un tajo en la rodilla, no se nos ocurre negar su existencia ni pretender que cicatrice al instante. Sin embargo, lo hacemos con las heridas emocionales sólo porque no se ven a simple vista.

 

Cuando pasa algo que duele, la tristeza es lo normal. Preocúpense si no aparece, sean empáticos cuando aparece. Un niño que está entristecido por un rechazo, por una pérdida o por lo que sea, lo primero que necesita es que sus referentes acepten su emoción. Mucho mejor si, además, lo entienden. Frente a un niño triste, lo primero es conectarse con su dolor. No se apuren a darle soluciones. Primero necesita esa conexión humana que le devuelve aceptación y seguridad, aún en los malos momentos. A veces lo único que precisan es nuestra compañía, o un abrazo prolongado o que escuchemos sin juzgar lo que tienen para compartir.

 

Aceptar lo que está sintiendo es el primer paso para que se sienta comprendido y respetado. Una vez que eso se logra, la verdadera salida estará más cerca. Ya llegará el momento en que podamos contarle algo semejante que nos pasó a nosotros, compartir alguna estrategia de superación o buscar juntos un camino sano para aceptar la realidad o para modificarla.

Si logramos aceptar y respetar la tristeza en nuestros hijos es que les enseñamos a perderle el miedo. Sólo experimentándolo es que aprenden que por más que duela, la tristeza siempre pasa, siempre puede ser superada y siempre nos vuelve más fuertes cuando la sabemos manejar.

 

En cada encuentro empático con las emociones de nuestros hijos es que les alimentamos la fortaleza interior, les damos ejemplo vivo de conexión humana y les enseñamos a enfrentar sanamente las tormentas, tormentitas y tsunamis que se les vayan presentando.

 

 

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