Natalia Trenchi

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Tiranitos de pies de barro

Son esos niños que en su casa son mandones, demandantes, irritables y autoritarios pero que cuando salen al mundo se transforman en corderitos calladitos y obedientes.

Publicado por MujerMujer

 

¿Los conocen? Son esos niños que en su casa son mandones, demandantes, irritables y autoritarios pero que cuando salen al mundo se transforman en corderitos calladitos y obedientes. Muchos incluso ni siquiera se defienden si alguien los agrede.

Sus padres se desesperan: ¿por qué sos tan cocorito acá y te achicás con los demás?
Estos niños no tienen doble personalidad. Lo que explica su comportamiento tan extremo es que no han logrado ubicarse adecuadamente en el mapa social, que no lo entienden o que les da miedo.

Una joven tía nos planteaba esta situación: “Tengo un sobrino al que adoro y que me tiene muy preocupada. Fue el primer niño de nuestra familia y recibió todo el amor que pudimos darle. Sus padres, los abuelos y nosotros sus tíos hemos vivido para alegrarlo, para festejarle cada logro y cada picardía. Siempre pensé que al crecer con tanto amor y admiración iba a ser feliz, tener mucha autoestima y se llevaría al mundo por delante. No entiendo qué pasó, pero hoy es un niño mandón y antipático en casa, difícil de conformar y que no tolera ningún no, mientras que en la escuela es tímido, le cuesta tener amigos y disfrutar de un recreo como los demás”.

No es infrecuente encontrar situaciones en las cuales no han faltado ni el amor ni las buenas intenciones pero en las cuales no se logra el resultado esperado. Cuando uno cría niños y quiere hacerlo bien, el amor es imprescindible, pero lamentablemente no es suficiente. Es más, hay tipos de amor que enceguecen y hacen que perdamos de vista el objetivo de la crianza y educación de un niño. No podemos criarlos para que puedan sobrevivir sólo los días de sol, rodeados de amigos complacientes y teniendo todo lo que quieren. Tenemos que ser capaces de criar chiquilines lo suficientemente fuertes y flexibles como para que puedan disfrutar de la vida real y moverse en ella como en su casa.

No lo logran si crecen rodeados por adultos que no cesan de admirarlos y de aplaudir cada pestañeo y pasito, y que los hacen sentir únicos y superiores.

No lo logran si no les enseñamos a respetar a los demás, su espacio y su tiempo.

No lo logran si les hacemos creer que nunca se equivocan, que nunca pierden.

No lo logran si les enseñamos que todos los que no son familia son peligrosos y amenazantes aunque no se note.

No lo logran si nunca les negamos nada, si nunca los frustramos, si nunca nos enojamos. No lo logran si no les enseñamos que la vida está hecha de momentos de todo tipo y si no los preparamos para los soles, las nubes, las lluvias mansas y las tormentas.

Los tiranitos de pies de barro pueden parecer caprichosos y autoritarios pero en realidad son niños débiles, mejor dicho debilitados por una crianza que no les está preparando para el mundo real con personas reales. Por eso es que cuando salen de su mundito familiar se sienten inseguros y temerosos. Es que no saben interpretar bien lo que sucede y, por ejemplo, una maestra que no respondió a una pregunta o que no lo eligió para ser el primero en pasar al frente, puede parecerles mala y enconada con ellos. Un compañero que los empuja al pasar puede hacerlos sentir terriblemente agredidos, asustados y enojados. Como no conocen los códigos de extramuros, no participan de la gramática social necesaria para integrarse y ser aceptados como uno más.

Para algunos, el malestar termina siendo insoportable y dejan de querer ir a la escuela, al club o donde sean que no sean los reyes. Otros muchos, afortunadamente, van de a poco aprendiendo a entender que un empujón involuntario no es una agresión, que la maestra es buena aunque no se ocupe solo de él, que hay otras personas en el mundo tan valiosas como él mismo.

Lo mejor sería que todo eso lo aprendieran desde chiquitos, naturalmente, en su familia. Si nace en una familia donde hay muchos niños es más fácil que la gramática social se incorpore fluidamente. Si es el único, el primero o el “demasiado” deseado, a veces se complica este aprendizaje.

¡Ojo madres, padres, abuelos, tíos y padrinos! Pueden amar infinitamente a un niño sin estropearlo ni debilitarlo. Dosifiquen regalos, premios y festejos. Compartan miradas del mundo que los rodea.

Denle experiencias de grupo, de ensayo de comunidad. Déjenlos equivocarse, perder o ganar en los juegos sin dramatismos. Dejenlos tener experiencias de vida que lo fortalezcan: no le eviten todo obstáculo o le saquen cada piedrita del zapato. Enséñenle a no temerles y a aprender a superar las dificultades encontrando ellos mismos la manera. Respétenle la infancia, ni los apuren ni les hagan creer que están por arriba de su edad. ¡Ese si será amor del bueno!

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Unicef Natalia Trenchi