Natalia Trenchi

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Un buen rezongo

“Lo que tenemos que hacer es ser buenos maestros: claros y estimulantes, más sensibles a los avances que a los errores.”

Publicado por MujerMujer

 

Cada vez creo menos en el buen resultado de los rezongos clásicos, esos que todos expulsamos en catarata cuando nos enoja algo que hace nuestro niño y nos sentimos con derecho y/o deber de enseñarle. Suelen ser dichos con el ceño fruncido y los labios apretados, con buenas intenciones pero pésimos resultados en la mayor parte de los casos.

Este rezongo en ráfaga es gatillado por la frustración y el enojo. Lo que decimos cuando rezongamos suelen ser máximas vacías de sentido para los niños, recuerdos idealizados de nuestro propio comportamiento infantil, amenazas que suelen (afortunadamente) no concretarse y advertencias extremas. El tono con que se dice el rezongo va desde intimidante hasta desquiciados gritos destemplados.

¿Para qué sirve? Seguramente al niño le queda claro que algo hizo (no siempre saben bien exactamente qué fue) que enojó horrible a su madre o padre. Lo enojó tanto que generó una erupción volcánica verbal, gestual y emocional. “¡Ajá!”- pueden pensar- “esto significa que es válido desbordarse cuando uno se enoja lo suficiente”. ¿Es lo que queríamos lograr? Estoy segura que no.

El niño aprende lo que no queríamos, puede quedar asustado de la reacción de su madre/padre cuando no humillado y herido en su amor propio. Nosotros quedamos agotados, frustrados, vencidos… No funciona, ¿verdad? Entonces, ¿no será un buen momento para cambiar de método?

No me canso de recordarles que los niños hacen “macanas” porque son seres inmaduros donde la fuerza de los deseos y de los impulsos es mucho mayor que su capacidad de controlarlos. Es decir, es normal que los niños “se porten mal” desde la mirada de un adulto que prefiere dormir la siesta, tener su casa ordenada y mirar una peli en paz. Nuestro rol como adulto responsable de su crianza es irle enseñando las reglas de la vida y ayudarlo a fortalecer esa capacidad interna de regularse a sí mismo. Y subrayo el verbo: enseñar. Todos sabemos que no se puede enseñar nada a los gritos o prepotentemente. Ni a caminar, ni a andar en bici y tampoco a “portarse bien”.

¿Cómo hacemos entonces? ¿Los dejamos que hagan cualquier cosa? No, para nada. Lo que tenemos que hacer es ser buenos maestros: claros y estimulantes, más sensibles a los avances que a los errores. Hacerlo así nos asegura que llegaremos mucho mejor a la meta que nos pusimos: criar niños felices, fuertes y buenos. Como de todas maneras en algún momento va a haber que señalar una macana grande o deliberada, es mejor saber hacerlo.

Un buen rezongo:

– Llega a tiempo: es decir, cuando el niño es capaz de escuchar y entender y nosotros somos capaces de hablar tranquilos. Necesitamos que el niño esté receptivo y no a la defensiva, ni llorando ni inundado por ninguna emoción.

– Está impregnado de firmeza y de convencimiento, pero no de furia

– Se dice en conexión directa con el niño, mirándonos a los ojos y asegurándonos de estar sintonizados en serio

– Es breve, claro y conciso (¡Ni se les ocurra discursear!)

– Apunta a corregir lo que se hizo mal y no juzga al niño: si pegó, hablaremos de ello y no etiquetaremos al niño de violento; si dijo que se había bañado y no era verdad, hablaremos de la mentira pero sin decirle mentiroso

– Dice sólo lo que quiere decir realmente, sin permitir que se escapen palabras hirientes, humillantes o estigmatizadoras de nuestra boca, ni amenazas ni reproches

– Se muestra lo que se hizo mal y se ayuda a asumir la responsabilidad del hecho con honestidad

– Ofrece una experiencia de aprendizaje y de reparación: ¿Cómo podemos solucionar esto? o ¿Cómo podrías haber pedido lo mismo de una buena manera? o ¿Cómo podrías haber reaccionado sin violencia?

– Logra que el niño tome conciencia de lo que hizo mal, aprenda a hacerlo bien y tenga ganas de cambiar lo malo por lo bueno

– Mantiene intacta la dignidad del niño y reafirma a la madre o al padre en el lugar de autoridad amable, honesta y firme que necesitan todos los niños

¿Vamos a probar? Después me cuentan.

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Unicef Natalia Trenchi